lunes, 6 de febrero de 2012

LA MECEDORA DE BAUDELAIRE





Baudelaire se me aparece entre los bosques de mi memoria, entre la penumbra y la umbra, por entre la entramada maraña de lo que trato de olvidar, de lo que olvide y de lo que no se deja olvidar. Baudelaire desde la carroña más cruel de mis malos momentos, desde las noches en vela de la tragedia, o quizá tragicomedia de lo que he vivido y soñado o más bien imaginado.


Baudelaire surge como entre una embriaguez eterna de vino, de poesía, de esas tardes en el balcón, elevadas tardes y mañanas, del griego antiguo y la flauta dulce. Baudelaire surge como impacto terrible en mis entrañas como una cortada brutal en el bajo vientre como un seppuku repetitivo como de Sísifo... Baudelaire Tantálico y de amargos cafés, de sexo manipulador y máscaras de la muerte... Baudelaire se mece en mi vida, con paciencia de buitre hambriento...



Elevación

Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,
Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!

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